EL AÑO DEL COMETA

EL AÑO DEL COMETA (FRAGMENTO)

 

– ¡Paulos!

Lo llamaba por tercera vez. María sostenía con las dos manos la taza de loza decorada con flores verdes, llena de leche acabada de ordeñar. Paulos le había dicho que si alguna vez tardaba en responder a sus llamadas, era porque le gustaba estar viendo cómo la voz alegre y amorosa de María subía por las escaleras, brincando de escalón en escalón, se detenía delante de la puerta entreabierta, y entraba hasta el sillón en el que Paulos descansaba. Decía que sentía una brisa fresca en la frente y en los ojos. Ella le preguntaba:

– ¿De qué color es? ¿De qué tela? ¿Qué forma tiene?

– Dorada, de seda, la forma alargada, como si a una palabra se le añadiese su eco, al cuerpo la sombra, cuando sale el sol.

Otras veces Paulos se escondía y no lo encontraba en la casa. María sabía que estaba allí, a su lado, pero no alcanzaba a saber dónde. Dejaba la taza encima de la mesa, separando libros y papeles, mapas, lápices. Paulos le había dicho más de una vez que no lo buscase, que andaría vagabundo por los países otros, más allá de los montes, más acá de los mares. Volvía diciendo que tal ciudad olía a naranja, otra a niños de teta, otra era verde. Había países con grandes crímenes, y otros en los que se escuchaba música en todas las solanas. En algunas ciudades, todo lo que Paulos viera fue una mujer asomada a una ventana, o en un jardín, echándole piñones a las palomas. En otros países hablara con grandes héroes, con misteriosos buscadores de tesoros, con oscuros fugitivos, inclinados por el peso de los grandes secretos que escondían en su corazón. Asistiera a muertes a traición y a alegres bodas. Regresaba con la voz ronca, o con fiebre, y le mostraba a María raros anillos, pañuelos bordados, mariposas azules.

– ¡Paulos!

Las puertas se cerraban en lo alto de las escaleras, y María percibía que ahora su voz regresaba, agarrándose al posamanos para no caer, porque no estaba él para recogerla, para envolverla como anillos de dorado cabello en los largos y delgados dedos. ¡Nunca tan lejos estuviera! Las puertas se cerraban solas. Se quebró el cristal de una. La luz parpadeó, lució un instante intensamente, y se apagó. María dejó la taza de leche recién ordeñada en el tercer escalón, y se fue, sin osar subir al piso, diciéndose consuelos, explicándose la ausencia de Paulos con palabras de éste, con palabras de sus sueños, de los sueños de sus viajes y de sus asuntos imaginarios. Con la noche, el viento bajara a la ciudad. Frío. María encendió una vela y se sentó en el suelo, ante ella. Desaparecieran todas las casas vecinas, las de la plaza y las de la calle de los Tejedores, y las que daban a la huerta del Deán y a la plazuela del Degollado. Un oscuro bosque avanzaba ramas de sus grandes árboles hasta la ventana. La mirada desconsolada de María las hacía retroceder, y se abría entonces un gran claro, con un estanque en el centro, en el que se posaba lentamente la redonda luna. Pasaban los leones, y el agua del estanque reflejaba sus miradas rojizas. María escuchó la lechuza, y ladridos de perros, lejanos. Pasaron tres hombres de a caballo, y en el silencio que siguió al golpe de los cascos en el empedrado de la calle, se escuchó una música que se despedía, una música que daba adioses haciendo entrechocar vasos de plata.

– De todos los países se regresa.

– ¿De todos?

– De todos, y también de aquel del que las gentes dicen que nunca volvió nadie.

Era la voz de Paulos, que se acercaba mezclada con el aroma de los membrillos que estaban puestos a secar en un tablero, junto a la ventana. Pero Paulos no estaba. Los caminos todos del mundo eran como hilos de los que María podía tirar, para hacer nudos, para hacer ovillos. Entre todos los hilos, uno, caliente como los labios de un niño, sería el que trajese a Paulos desde sus lejanías. A Paulos, atadas las manos con un hilo, sonriendo, llamándole María.

– Me perdí, María, en el laberinto, en uno que hay a mano izquierda yendo para Siria, viajando por el mar. Gracias a que me até el camino a la cintura, y lo llevé conmigo por todas aquellas vueltas y revueltas, y en las tinieblas, y que ahora a tí se te ocurrió tirar de él. Si no llegas a tirar, tardaría más de mil años, o más, en el viaje de regreso. Dentro del laberinto hay una ciudad, y en el medio y medio de la ciudad, un pozo de tres varas de hondo, en el que canta una sirena. Le dices al agua que le cubre que se vaya, echas una moneda de oro, y el agua se va. La sirena queda en seco. Te llama por tu nombre, que lo adivina, y te pide un regalo. Yo le tiré una manzana. Me dijo en la lengua de allí, en la que esperar se dice amar, y viceversa, que esperase a las doce de la noche. En esto, llegó un moro con una carretilla y se llevó los huesos de los otros enamorados, muertos allí, antes de que yo hubiese llegado. Entonces fue cuando tú empezaste a tirar, y el camino en mi cintura era como tu brazo derecho ciñéndome, como cuando se me ocurre enseñarte a bailar las danzas corteses de Gaula. Respiré cuando vi que entre los huesos de los enamorados muertos no iban los míos.

– ¿Los reconocerías?

– No hay nadie, creo, que pueda reconocer sus huesos.

María se durmió recostada en el aroma de los membrillos, en la voz de Paulos, que casi eran la misma cosa.

 

ÁLVARO CUNQUEIRO

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