TEXTO

 

Entró en la habitación con la intención de planchar alguna prenda, yo me encontraba trabajando en alguno de mis aburridos artículos, por lo que no estaba muy motivado, y cuando irrumpió en la habitación, recien duchada y desnuda, perdí la poca concentración que me quedaba. Aquello era una situación cotidiana entre nosotros, pero aquel día, yo me sentí diferente. Ella permanecia ajena a lo que había despertado en aquel momento en mi, es más, parecía que no había notado mi presencia, pero, eso era imposible en aquella habitación de tan pocos metros cuadrados.

Ella sabía desde el primer momento que yo estaba allí, frente a ella, empapándome de su seducción, pero actuaba de una forma tan perfecta fingiendo estar sola, que hasta llegue a creerme que en realidad no estaba allí, que no existía o que quizá, estuviera en un sueño.

Intenté articular palabra para saber si íbamos a salir, pero no pude, estaba embobado mirando aquella figura de la que estaba enamorado y me sentí culpable por no haber conseguido hasta entonces un momento de tanta perfección con ella.

Cuando a su vestido no le quedaba ni una sola arruga, salió de la habitación para acabar de arreglarse. Casi salí detrás de ella, y aunque no lo hubiera hecho su cuerpo estaba pegado al mío, como si acabara de hacerme un tatuaje. No habíamos dicho ni una palabra desde que entró en casa, no era extraño, era una forma de dejarme con las musas hasta que acabara de escribir, pero mi musa era ella, y no me había dado cuenta hasta ese momento… aunque aquel juego de no decir nada hasta no tener nada importante que decir empezó a gustarme.

Observé su espalda mientras buscaba algo en el armario. Era bellísima y tocar aquella piel suave mientras bajaba su cremallera era todo un privilegio. Pero ella se volvió y negando con su cabeza mientras me miraba, con unos ojos muy brillantes, salió corriendo de la habitación.

Cuando salí al jardín descalzo, ella no estaba allí. Notaba la hierba mojada, habia empezado a llover, y no la veía, se había evaporado y de repente se desató una tormenta. Con el primer trueno me recorrió por el cuerpo un escalofrío, la había pasado algo. Anduve unos metros por el asfalto de la carretera cuando de repente, noté que alguien me seguía, tenía miedo de que no fuera ella, temí perderla en aquel segundo y me quedé quieto esperando que aquella persona hiciera algo mientras unas lágrimas recorrían mi rostro. Ella me abrazó y perdí el miedo a volverme. Cuando ella vio el miedo reflejado en mi rostro, sólo pudo decir lo que cualquier hombre hubiera deseado escuchar “siempre estaré aquí”, me sentí como un niño, sintiendo es sabor de su cuello y de sus dulces pechos, allí sobre el asfalto, bajo la tibia lluvia que había empezado a calmarse.

Después regresamos a casa, donde ella secó con sus besos cada poro de mi cuerpo y yo con mi mirada cada milímetro del suyo.

Aquella tarde supe quien era ella, quien era yo, eramos un nuevo cuerpo y tendría que cuidarla para no perder el paraíso, para no entrar en el infierno, el infierno que supondría un segundo sin ella, porque un segundo lleno de su ausencia no es ni siquiera un segundo.

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